Las Vegas – Nevada

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Siendo, en principio, la visita que menos me atraía de mi periplo por la costa oeste de Estados Unidos, he de reconocer que Las Vegas (conocida también por Sin City, “La Ciudad del Pecado”) me ha sorprendido gratamente; es un mundo aparte… Estoy completamente de acuerdo también en eso que dicen de que es como un gran parque de atracciones para adultos.

Es la ciudad más grande del estado de Nevada y fue (re-)creada (a partir de un asentamiento español del s. XIX, de ahí su nombre) en medio -literalmente- de la nada a partir de los años 40’ del pasado siglo, a iniciativa de la mafia (gángsters como Bugsy Siegel, primer dueño del famoso Hotel Flamingo).

Cómo no, su otro sobrenombre de “Capital Mundial del Juego” se entiende nada más bajar del avión. Aunque bastante ruidosa y un poco kitsch (hortera, vamos) en algunos aspectos, también tiene bastante glamour, lo que ha hecho que sea escenario de numerosas películas y series televisivas. Lujo, diversión, colorido, belleza, dinero y una puesta en escena genuinamente americana, han hecho desde siempre las delicias del famoseo, de la gente forrada y de los visitantes anónimos de este gran espectáculo, creando un mundo paralelo a la realidad cotidiana, a menudo amenizado por estrellas del corte Elvis Presley, Frank Sinatra o Tom Jones.

A lo largo de la avenida “Las Vegas Boulevard” se hallan los hoteles top, interconectados entre sí. Derroche de medios y asombro en el interior de todos ellos, en los que no podían faltar espléndidos casinos atestados por un público mayoritariamente varonil. Allí también probaría suerte yo, modestamente y sin fortuna. Al blackjack, el póker, las tragaperras o la ruleta le acompañan igualmente las tiendas de lujo, con precios fuera de alcance para el común de los mortales. Opulentos restaurantes, deslumbrantes espectáculos de variedades  junto a fuentes que bailan al son de la música y el color, completan el panorama para gastar y gastar sin medida. En mi caso, uno de los caprichos fue el restaurante “Sinatra” (cocina absolutamente deliciosa) del Hotel Encore Resort. El espectáculo elegido fue la insuperable puesta en escena de “O” –Cirque du Soleil-, en el archiconocido Hotel Bellagio. (Es la tercera vez que disfruto un show de Soleil y cada vez me dejen más atónita).

Fugaz pero muy, muy intensa: así fue mi visita a la Second Chance Capital (“La Capital de las Segundas Oportunidades”), esta ciudad de las candilejas, el lujo, el variopinto gentío, el capricho, el vicio y la diversión, que casi cayó de rebote como premio añadido al verdadero objeto de la visita a esta zona: el Gran Cañón y el Valle de la Muerte.

 

 

 

Yosemite Valley: una visión del mito…

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Yosemite National Park presume de fama internacional, de sobra conocida por los amantes de la montaña, especialmente los escaladores. Quizá, por eso mismo, esperaba un entorno aún más espectacular y de mayor envergadura.

Ya de entrada, la perspectiva de aventura se disipa un poco en los accesos: una carretera al uso circunda todo el entorno y se ramifica, permitiendo a los visitantes hacer las oportunas fotografías de rigor. Desde las zonas de aparcamiento, además, se pueden realizar pequeñas rutas o paseos que -imaginad el impacto visual…-, para variar, suelen estar asfaltadas. (Así, no me extraña que el cliente norteamericano estándar “sufra” más de la cuenta en las rutas de senderismo de los valles de la vieja Europa). Para que os hagáis una idea: uno de los tracks que hice era un tramo de asfalto (que, por tanto, ya ni es una “pista” siquiera) que ascendía 600 m de desnivel, con lo que dudo mucho que nuestra querida Heidi hubiera podido deambular por aquellas colinas sin machacarse la espalda. ¿¡Caminos asfaltados de montaña!? No es la primera vez -ni siquiera la segunda…- que los veo en USA y, sin embargo, la verdad es que no me lo esperaba también en Yosemite, y menos de forma generalizada.

Qué duda cabe que es un referente con grandes encantos, con dos grandes activos como son El Capitan y el Half Dome, bellezones de la naturaleza que ofrecen un hipnótico atractivo sobre todo a los freaky-climbers. Quizá si mi único objetivo hubiera sido acariciar su granítica piel, el post sería diferente y escrito por mis pies de gato (…), dándome más “igual” lo que os estoy contando, pero no era el caso.

Es un lugar muy bello, en cualquier caso, como tantos valles de montaña a lo largo y ancho del mundo, pero -al menos para mí- no para tanto como el marketing yankee nos intenta vender, como suele ocurrir con demasiada frecuencia con todo lo suyo en general.

Os dejo, no obstante, el post del blog de YokmoK -escrito hace unos días- donde se reflejan otras realidades más hermosas, algunos datos técnicos, posibilidades y, obviamente, una perspectiva más neutra.

http://www.yokmok.com/blog/2017/02/22/yosemite-en-las-tierras-ahwahneechee-del-oso-negro/

Seattle: del Pacífico a la Cordillera de las Cascadas

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Para muchos de nosotros,  Seattle fue popularmente conocida gracias a la película “Algo para recordar”, protagonizada por Meg Ryan y Tom Hanks, titulada “Sleepless in Seattle” en Estados Unidos. Sin embargo, y aunque casi todo el mundo desearía subir al Space Needle para sentir algo de la magia de ese film, la ciudad nos ofrece otras muchas facetas y posibilidades para todos los gustos y bolsillos.

Seattle es la ciudad más grande del estado de Washington, en el noreste de los Estados Unidos. Se encuentra 155 kilómetros al sur de la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Es el centro cultural, educativo y económico más importante de la región, ubicada en el condado de King. El área de Seattle lleva siendo habitada desde, al menos, 4.000 años, pero los primeros asentamientos europeos no se materializarían hasta mediados del siglo XIX. En 1853, Doc Maynard sugirió que el asentamiento fuese renombrado a “Seattle”, nombre del jefe de las dos tribus locales.

Es mundialmente famosa por ser la tierra natal de la música grunge (subgénero del rock alternativo también conocida como el “sonido de Seattle”) y de bandas que impulsaron ese movimiento a comienzos de los 90, como “Nirvana”, “Pearl Jam”, “Soundgarden” y “Alice in Chains”. Sus gentes también se caracterizan por la gran cantidad de café que consume, no siendo de extrañar que aquí se ubique el origen de cadenas de cafeterías como la archiconocida mundialmente Starbucks y otras como Seattle’s Best Coffee y Tully’s. Hay también muchos artesanos independientes tostadores de café espresso, de gran éxito.

Su posición geográfica es estratégicamente privilegiada. En verano, veleros y grandes barcos llenan su bahía, conocida como Puget Sound. En días despejados, las Montañas Cascade son visibles en el horizonte, hacia el este, y las Montañas Olímpicas emergen más allá del Canal, hacia el oeste. El pico volcánico nevado del Monte Rainier domina la vista hacia el sur. ¿Alternativas? Infinitas, tanto por mar como por tierra, todo depende de tus ganas, planes, tiempo y posibilidades.

 

Edmonds: aventura y calma en el Cinturón de Fuego del Pacífico

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La pequeña ciudad costera de Edmonds -fundada en 1890- pertenece al condado de Snohomish (Washington), en el extremo NO de los Estados Unidos de América. Situada a menos de una hora de Seattle, su enclave privilegiado -cercano a la frontera canadiense- permite realizar una magnífica escapada, desconectando así de la ensordecedora gran ciudad y de los ritmos acelerados tan propios del American Way of Life…

Edmonds es conocida por estar enclavada en un punto estratégico orientado hacia el océano pero también proyectado hacia pintorescas rutas a pie que discurren por los magníficos bosques que la circundan, tales como los parques nacionales (USA National Park Service) de Olympic, Mt. Rainier, Baker-Snoqualmie o North Cascades, cuyos hitos montañosos más sobresalientes son las cimas afiladas del Mt. Olympus (2.430m), el Glacier Peak (3.215m) y el Mt. Baker (3.300m). Todo ello enmarcado en el espléndido y sobresaliente entorno privilegiado de Cascade Range, una gran cordillera del Cinturón de Fuego del Pacífico que discurre desde la vecina Columbia Británica (Canadá) hasta el estado de California. En esta zona se produjo la brutal erupción del Mt. Saint Helens, en 1980.

Su puerto deportivo (Edmonds Marina) presume de asomarse a un pintoresco balcón natural que permite el disfrute de las bonitas playas que dan a las islas y bahías del intrincado Estrecho de Puget (Puget Sound). Por si fuera poco todo esto, los amantes de la vida salvaje quedarán maravillados con el frecuente desfile de focas, leones y elefantes marinos o, dependiendo de la estación, las maniobras de grupos de cetáceos tales como orcas, delfines, ballenas o cachalotes.

La variada y exquisita carta gastronómica (entre la que destacan el salmón del Pacífico y la conocida “king clam”, o almeja rey, una delicia para el paladar) también es muy apreciada entre los visitantes de la zona, contando con una amplia variedad de restaurantes de temporada para todos los bolsillos.

Navegar, bucear, caminar o, sencillamente, disfrutar y relajarse, constituyen la oferta que esta pequeña y cautivadora ciudad ofrece entre el bravo Pacífico y la quietud de la Cordillera de las Cascadas. Una vez más, todo es cuestión de tiempo, gusto y posibilidades… What else? 😉

Madeira: la isla de las flores

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Madeira: la isla de las flores… ¡Quién se atrevería a negarlo! No en vano, presume -y con razón- desde la década de 1950 de su espléndido y colorido Festival de la Flor (Festa da Flor), que se celebra con objeto de dar la bienvenida a la primavera. En ese tiempo, su capital, Funchal, se convierte en un auténtico jardín tropical en el que las protagonistas son las flores: hibiscus, floripondios, pasionarias, orquídeas, azucenas, acacias persas, lirios, calas, adelfas, jazmines, jacarandas,  rosas, margaritas africanas, tulipanes, magnolias, arundias y un largo etcétera en el que destaca, claro está, la bella estrelicia, símbolo del archipiélago.

La ubicación de Madeira (del portugués “madeira”, madera), alejada de Europa y África, impidió que fuese poblada durante milenios. De origen volcánico, se puede decir que Madeira y Porto Santo eran conocidas, al menos en la península ibérica, desde mediados o finales del siglo XIV. Las islas aparecen ya en un manual geográfico castellano conocido como “Libro del Conocimiento”, que debió de ser escrito después de 1385. Cuando los primeros exploradores comandados por el portugués João Gonçalves Zarco -acompañado de Tristão Vaz Teixeira- redescubrieron Madeira y Porto Santo en 1418, las islas eran conocidas, pero nadie se había asentado en ellas. La fecha definitiva de la ocupación del archipiélago sería en 1425.

Madeira, en su exuberante explosión de color, nos ofrece vertiginosos senderos al borde del océano y levadas que transcurren rodeadas de vegetación tropical creando una combinación única de aromas afrodisíacos. A destacar su relicto bosque de laurisilva, declarado Patrimonio de la Humanidad (Unesco). Asimismo, su abrupta costa es perfecta para la práctica del submarinismo -en sus diversas variantes- y la navegación de cabotaje por rincones idílicos. Y qué decir de su exquisita gastronomía…

¿Qué más se puede pedir? Acepto paseo romántico… 😉

Barranco Sa Fosca — Mallorca

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Fue contigo, Juanjo. Fuiste tú, amigo. ¿Quién, si no, mejor? Compañero de esfuerzos y experiencias en glaciares, barrancos, fondos marinos y un sinfín de lugares inolvidables. Sigues latiendo conmigo…

“¿Saltamos, entonces?” Aún recuerdo que fue un día intenso, como tu sonrisa y tus ojos del color del cielo. Sa Fosca era -y seguirá siendo- una de las más bellas, angostas y exigentes gargantas de Europa. Lo mejor para mí, sin duda alguna, esa hora con frontal, entre los mínimos y casi imposibles pasos de roca, si bien es bien conocida por la fama de su gran belleza, altísimas paredes, profundas y coloridas pozas y, sobre todo ello, sus impresionantes claroscuros, que nos sumergen en un escenario fascinante en mitad de una penumbra completa donde el tiempo no cuenta… Según algunos expertos, como tú, es el torrente por excelencia, dadas sus formaciones, dimensiones, orografía, desniveles y dificultad.

Fascinante, como tú… Impresionante, como lo compartido contigo. Excelente, como tu esencia. Por aquí te seguiremos añorando, sin duda. Volveremos a vernos, compañero.

[gracias a Raúl por la fotografía :)]

Ruta del Aar en bicicleta

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Aunque Fernando Fernán Gómez dijera en su obra de teatro -luego llevada al cine (1984)- que “las bicicletas eran para el verano” (…), creo que no hay época del año que impida realmente a un amante de la naturaleza y de las dos ruedas aventurarse por esos andurriales, aunque sea evidente que determinados lugares en condiciones climatológicas adversas no son factibles ni todo el año ni para cualquiera. 😮

Y allá que por eso mismo me fui recién entrado el otoño a hacer en bici la ruta del Aar, el principal río del territorio suizo, el cual nace en los Alpes Berneses para, tras un vertiginoso descenso de 1.565 metros, “morir” plácidamente en su desembocadura en el Rhin, cerca de la ciudad alemana de Waldshut. En su recorrido de 291 kilómetros atraviesa pueblecitos y parajes de gran encanto y valor paisajístico, además de ciudades medievales tales como Thun o Solothurn, llegando también a Berna.

La ruta en sí discurre a lo largo de 226 km, siempre en territorio suizo, disponiendo de buenos carriles bici, con ciertas zonas aisladas y otros tramos de ciudad. Si acompaña el buen tiempo es ideal para así poder montar “el campamento”, si bien, en caso de adversidad o por simple comodidad, siempre podremos hospedarnos en alguno de los alojamientos que jalonan la ruta, aunque no todos estén abiertos en cualquier época del año.

Esa mezcla de naturaleza virgen, arquitectura medieval, gastronomía regional y el alejamiento del bullicio, tan propio de los tiempos modernos, hicieron que disfrutase plenamente del pedaleo durante esta ruta de agreste aventura repleta de momentos inolvidables. ¡Qué ganitas de volver a compartir con mi bici (Casiopea) algún otro periplo!…Let’s go! :d